miércoles, 27 de febrero de 2008

Epílogo: El tratado

Casi todo había vuelto a la normalidad —a la normalidad previa al estado zombi— en menos tiempo de lo que yo hubiera creído posible. El hospital acogió a Carlisle con los brazos abiertos sin disimular su alegría por el hecho de que Esme no se hubiera adaptado a la vida en Los Ángeles. Alice y Edward estaban en mejor situación que yo para graduarse por culpa del examen de Cálculo que me había perdido mientras estuve en el extranjero. De repente, la facultad se convirtió en una prioridad —la universidad seguía siendo el plan B, por si acaso la oferta de Edward me hacía cambiar de idea respecto a la opción de Carlisle después de mi graduación—. Había dejado pasar los plazos de admisión de muchas universidades, pero Edward me traía todos los días más solicitudes para rellenar. Él ya había estudiado todo lo que deseaba en Harvard así que no parecía molestarle que, gracias a mi tendencia a dejarlo todo para el último día, ambos termináramos el año próximo en el Península Community College.

Charlie no estaba muy satisfecho conmigo y tampoco hablaba con Edward, pero al menos permitió que él pudiera volver a entrar en casa en las horas de visita predeterminadas. Mi padre me castigó a quedarme sin salir.

Las únicas excepciones eran el instituto y el trabajo. En los últimos tiempos, por extraño que pudiera parecer, las paredes deprimentes de mis clases, de color amarillo mate, empezaron a parecerme acogedoras, y eso tenía mucho que ver con la persona que se sentaba junto a mí.

Edward había retomado su matrícula de principios de ese año, de modo que volvió de nuevo a mis clases. Mi comportamiento había sido tan terrible el último otoño, después del supuesto traslado de los Cullen a Los Ángeles, que el asiento contiguo había permanecido vacante. Incluso Mike, siempre dispuesto a aprovechar las ventajas, había mantenido una distancia segura. Con Edward ocupando nuevamente su lugar, parecía como si los últimos ocho meses hubieran quedado simplemente en una molesta pesadilla...

... pero no del todo. Quedaba aún la cuestión del arresto domiciliario, por citar un ejemplo y, por poner otro, Jacob Black y yo no habíamos sido buenos amigos antes del otoño. Así que, claro, entonces no lo habría echado de menos.

No tenía libertad de movimientos para ir a La Push y Jacob no venía a verme, ni siquiera se dignaba a contestar mis llamadas.

Le telefoneaba sobre todo por la noche, después de que, puntualmente a las nueve, un resuelto Charlie echara a Edward —con gran satisfacción—, y antes de que éste regresara a hurtadillas por la ventana en cuanto mi padre se dormía. Escogía este momento para hacer mis llamadas infructuosas porque me había dado cuenta de que Edward ponía mala cara cada vez que mencionaba el nombre de Jacob. Un gesto que estaba entre la desaprobación y la cautela... o quizás incluso el enfado. Yo suponía que estaba relacionado con algún prejuicio recíproco contra los hombres lobo, aunque no se mostraba tan explícito como lo había sido Jacob respecto a los «chupasangres».

Por eso, procuraba no mencionar demasiado el nombre de Jacob en presencia de Edward.

Era difícil sentirme desdichada teniendo a Edward a mi lado, incluso aunque mi antiguo mejor amigo probablemente fuera bastante infeliz en esos momentos por mi causa. Cada vez que me acordaba de Jake me sentía culpable por no pensar más en él.

El cuento de hadas continuaba. El príncipe había regresado y se había roto el maleficio. No estaba segura exactamente de qué hacer con el personaje restante, el cabo suelto. ¿Dónde estaba su «feliz para siempre»?

Las semanas transcurrieron sin que Jacob quisiera responder a mis llamadas. Esto empezó a convertirse en una preocupación constante. Era como si llevara un grifo goteando pegado a la parte posterior de mi cabeza que no podía cerrar ni ignorar. Gota, gota, gota. Jacob, Jacob, Jacob.

Así que, aunque yo no mencionara mucho a Jacob, algunas veces mi frustración y mi ansiedad explotaban. Un sábado por la tarde, cuando Edward me recogió a la salida del trabajo, me desahogué:

—¡Es una verdadera falta de educación! —enfadarse por algo es más fácil que sentirse culpable—. ¡Estuvo de lo más grosero!

Había cambiado el horario de las llamadas con la esperanza de obtener una respuesta diferente. En aquella ocasión, había telefoneado a Jake desde el trabajo sólo para encontrarme con que había contestado Billy, poco dispuesto a cooperar. Otra vez.

—Billy me dijo que él no quería hablar conmigo —estaba que echaba humo, mirando cómo la lluvia se filtraba por la ventana del copiloto—. ¡Que estaba allí y que no estaba dispuesto a dar tres pasos para ponerse al teléfono! Normalmente, Billy se limita a decir que está fuera, ocupado, durmiendo o algo por el estilo. Quiero decir, no es como si yo no supiera que me miente, pero al menos era una forma educada de manejar la situación. Sospecho que ahora Billy también me odia. ¡No es justo!

—No es por ti, Bella —repuso Edward con calma—. A ti nadie te odia.

—Pues así es como me siento —mascullé, cruzando los brazos sobre el pecho. No era nada más que un gesto de terquedad. Ya no había allí ningún agujero, apenas podía recordar esa sensación de vacío.

—Jacob sabe que hemos vuelto y estoy seguro de que tiene claro que estoy contigo —dijo Edward—. No se acercará a donde yo esté. La enemistad está profundamente arraigada.

—Eso es estúpido. Sabe que tú no eres... como los otros vampiros.

—Aun así, hay buenas razones para mantener una distancia razonable.

Miré por el parabrisas con gesto ausente sin ver otra cosa que el rostro de Jacob, que llevaba puesta la máscara de la amargura que yo tanto odiaba.

—Bella, somos lo que somos —repuso Edward con serenidad—. Yo me siento capaz de controlarme, pero dudo que él lo consiga. Es muy joven. Lo más probable es que un encuentro degenerase en lucha y no sé si podría pararlo antes de m... —de pronto, enmudeció; luego, continuó con rapidez—: Antes de que le hiriera. Y tú serías desdichada. No quiero que ocurra eso.

Recordé lo que Jacob había dicho en la cocina, y oí sus palabras con total exactitud, con su voz ronca. No estoy seguro de mantenerme siempre lo bastante sereno como para poder manejar la situación. No creo que te hiciera demasiado feliz que matara a tu amiga. Pero aquella vez había sido capaz de conservar la serenidad...

—Edward Cullen —mascullé—. ¿Has estado a punto de decir «matarle»? ¿Era eso?

Él miró hacia otro lado, con la vista fija en la lluvia. Frente a nosotros, se puso en verde el semáforo cuya presencia no había advertido mientras brillaba la luz roja. Arrancó de nuevo y condujo muy despacio. No era su manera habitual de conducir.

—Yo intentaría... con mucho esfuerzo... no hacerlo —dijo al fin Edward.

Le miré fijamente con la boca abierta, pero él continuó con la vista al frente. Nos habíamos detenido delante de la señal de stop de la esquina.

De pronto, recordé la suerte que había corrido Paris al regreso de Romeo. Las acotaciones de la obra son simples. Luchan. Paris cae.

Pero eso era ridículo. Imposible.

—Bueno —contesté y respiré hondo mientras sacudía la cabeza para ahuyentar las palabras de mi mente—, eso no va a ocurrir jamás, así que no hay de qué preocuparse. Y sabes que en estos momentos Charlie estará mirando el reloj. Será mejor que me lleves a casa antes de que me busque más problemas por retrasarme.

Volví la cara hacia él, sonriendo con cierta desgana.

Mi corazón palpitaba fuerte y saludable en mi pecho, en su sitio de siempre, cada vez que contemplaba su rostro, ese rostro perfecto hasta lo imposible. Esta vez, el latido se aceleró más allá de su habitual ritmo enloquecido. Reconocí la expresión de su rostro; era la que le hacía parecerse a una estatua.

—Creo que ahora tienes algunos problemas más, Bella —susurró sin mover los labios.

Me deslicé a su lado, más cerca, y me aferré a su brazo mientras seguía el curso de su mirada para ver lo mismo que él. No sé qué esperaba encontrar, quizás a Victoria de pie en mitad de la calle, con su encendido cabello rojo revoloteando al viento, o una línea de largas capas negras... o una manada de licántropos hostiles, pero no vi nada en absoluto.

—¿Qué? ¿Qué es?

Respiró hondo.

—Charlie...

—¿Mi padre? —chillé.

Entonces, él bajó la mirada hacia mí, y su expresión era lo bastante tranquila como para mitigar un poco mi pánico.

—No es probable que Charlie vaya a matarte, pero se lo está pensando —me dijo. Condujo de nuevo calle abajo, pero pasó de largo frente a la casa y aparcó junto al confín del bosque.

—¿Qué he hecho ahora? —jadeé.

Edward lanzó otra mirada hacia la casa. Le imité, y entonces me di cuenta por vez primera del vehículo que estaba aparcado en la entrada, al lado del coche patrulla. Era imposible no verlo con ese rojo tan brillante. Era mi moto, exhibiéndose descaradamente en la entrada.

Edward había dicho que Charlie se estaba pensando lo de matarme; por tanto, mi padre ya debía de saber que era mía. Sólo había una persona que pudiera estar detrás de semejante traición.

—¡No! —jadeé—. ¿Por qué? ¿Por qué iba a hacerme Jacob una cosa así? Su traición me traspasó como una estocada. Había confiado en Jacob de forma implícita, le había contado todos mis secretos por pequeños que fueran. Se suponía que él era mi puerto seguro, la persona en la que siempre podría confiar. Las cosas estaban más tensas ahora, sin duda, pero jamás pensé que esto hubiera afectado a los cimientos de nuestra amistad. ¡Nunca pensé que eso pudiera cambiar!

¿Qué le había hecho para merecerme eso? Charlie se iba a enfadar muchísimo, y peor aún, iba a sentirse herido y preocupado. ¿Es que no tenía bastante con todo lo que había ocurrido ya? Nunca hubiera imaginado que Jake fuera tan mezquino, tan abiertamente miserable. Lágrimas ardientes brotaron de mis ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Me había traicionado. De pronto, me sentí tan furiosa que la cabeza me latía como si me fuera a explotar.

—¿Está todavía por aquí? —farfullé.

—Sí. Nos está esperando allí —me dijo Edward, señalando con la barbilla el camino estrecho que dividía en dos la franja oscura de árboles.

Salté del coche y me lancé en dirección a los árboles con las manos ya cerradas en puños, preparadas para el primer golpe.

Edward me agarró por la cintura antes de que hollara el camino.

¿Por qué tenía que ser siempre mucho más rápido que yo?

—¡Suéltame! ¡Voy a matarle! ¡Traidor! —grité el adjetivo para que llegara hasta los árboles.

—Charlie te va a oír —me avisó Edward—, y va a tapiar la puerta una vez que te tenga dentro.

Volví el rostro de forma instintiva hacia la casa y me pareció que lo único que podía ver era la rutilante moto roja. Lo veía todo rojo. La cabeza me latió otra vez.

—Déjame que le atice una vez, sólo una, y luego ya veré cómo me las apaño con Charlie —luché en vano para zafarme.

—Jacob Black quiere verme a mí. Por eso sigue aquí.

Aquello me frenó en seco y me quitó las ganas de pelear por completo. Se me quedaron las manos flojas. Luchan. Paris cae.

Estaba furiosa, pero no tanto.

—¿Para hablar? —pregunté.

—Más o menos.

—¿Cuánto más? —me tembló la voz.

Edward me apartó cariñosamente el pelo de la cara.

—No te preocupes, no ha venido aquí para luchar conmigo, sino en calidad de... portavoz de la manada.

—Oh.

Edward miró otra vez hacia la casa; después, apretó el brazo alrededor de mi cintura y me empujó hacia los árboles.

—Tenemos que darnos prisa. Charlie se está impacientando.

No hubo necesidad de ir muy lejos; Jacob nos esperaba en el camino, un poco más arriba. Se había acomodado contra el tronco de un árbol cubierto de musgo mientras esperaba, con el rostro duro y amargado, exactamente del modo en que yo sabía que estaría. Me miró primero a mí y luego a Edward. Su boca se torció en una mueca burlona y se separó del árbol. Se irguió sobre los talones de sus pies descalzos, inclinándose ligeramente hacia delante con sus manos temblorosas convertidas en puños. Parecía todavía más grande que la última vez que le había visto. Aunque fuera casi imposible de creer, seguía creciendo. Le habría sacado una cabeza a Edward si hubieran estado uno junto al otro.

Pero Edward se paró tan pronto como le vimos, dejando un espacio amplio entre él y nosotros, y ladeó el cuerpo al tiempo que me empujaba hacia atrás, de modo que me cubría. Me incliné hacia un lado para observar fijamente a Jacob y poder acusarle con la mirada.

Pensaba que iba a enfadarme aún más al ver su expresión cínica y resentida, pero, en vez de eso, contemplarle me recordó la última vez que le había visto, con lágrimas en los ojos. Mi furia se debilitó y flaqueó conforme le miraba. Había pasado tanto tiempo desde aquella ocasión que me repateaba que el reencuentro tuviera que ser de este modo.

—Bella —dijo él a modo de saludo, asintiendo una vez en mi dirección sin apartar los ojos de Edward.

—¿Por qué? —susurré, intentando ocultar el sonido del nudo de mi garganta—. ¿Cómo has podido hacerme esto, Jacob?

La mueca burlona se desvaneció, pero su rostro continuó duro y rígido.

—Ha sido por tu bien.

—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Quieres que Charlie me estrangule? ¿O quieres que le dé un ataque al corazón como a Harry? No importa lo furioso que estés conmigo, ¿cómo le has podido hacer esto a él?

Jacob hizo un gesto de dolor y sus cejas se juntaron, pero no contestó.

—No ha pretendido herir a nadie —murmuró Edward, explicando aquello que Jacob no estaba dispuesto a decir—, sólo quería que no pudieras salir de casa para que no estuvieras conmigo.

Sus ojos relampaguearon de odio mientras miraba de nuevo a Edward.

—¡Ay, Jake! ¡Ya estoy castigada! ¿Por qué te crees que no he ido a La Push para patearte el culo por no ponerte al teléfono?

Los ojos de Jacob relumbraron de vuelta hacia mí, confundido por primera vez.

—¿Era por eso? —inquirió, y luego apretó las mandíbulas como si le sentara mal haber preguntado.

—Creía que era yo quien te lo impedía, no Charlie —volvió a explicarme Edward.

—Para ya —le interrumpió Jacob.

Edward no contestó.

Jacob se estremeció una vez y después apretó los dientes tanto como los puños.

—Bella no había exagerado acerca de tus... habilidades —dijo entre dientes—. Así que ya debes de saber por qué estoy aquí.

—Sí —asintió Edward con voz tranquila—, pero quiero decirte algo antes de que empieces.

Jacob esperó, cerrando y abriendo las manos de forma compulsiva mientras intentaba controlar los temblores que corrían por sus brazos.

—Gracias —continuó Edward, y su voz vibró con la profundidad de su sinceridad—. Jamás seré capaz de agradecértelo lo suficiente. Estaré en deuda contigo el resto de mi... existencia.

Jacob le miró fijamente sin comprender, y sus temblores se tranquilizaron por la sorpresa. Intercambió una rápida mirada conmigo, pero mi rostro mostraba el mismo desconcierto que el suyo.

—Gracias por mantener a Bella viva —aclaró Edward con voz ronca, llena de intensidad—. Cuando yo... no lo hice.

—Edward... —empecé a hablar, pero él levantó una mano, con los ojos fijos en Jacob.

La comprensión recorrió el rostro de Jacob antes de que volviera a ocultarla detrás de la máscara de insensibilidad.

—No lo hice por ti.

—Me consta, pero eso no significa que me sienta menos agradecido. Pensé que deberías saberlo. Si hay algo que esté en mi mano hacer por ti...

Jacob alzó una ceja negra.

Edward negó con la cabeza.

—Eso no está en mis manos.

—¿En las de quién, pues? —gruñó Jacob.

Edward dirigió la mirada hasta donde yo estaba.

—En las suyas. Aprendo rápido, Jacob Black, y no cometeré el mismo error dos veces. Voy a quedarme aquí hasta que ella me diga que me marche.

Me sumergí por un momento en la luz dorada de sus ojos. No era difícil entender la parte que me había perdido de la conversación. Lo único que Jacob podría querer de Edward sería que se fuera.

—Nunca —susurré, todavía inmersa en sus ojos.

Jacob hizo un sonido como si se atragantara.

Con renuencia, me solté de la mirada de Edward para fruncirle el ceño a Jacob.

—¿Hay algo más que necesites, Jacob? ¿deseabas meterme en problemas? Misión cumplida. Charlie quizás me mande a un internado militar, pero eso no me alejará de Edward. Nada lo conseguirá. ¿Qué más quieres?

Jacob siguió clavando la mirada en Edward.

—Sólo me falta recordar a tus amigos chupasangres unos cuantos puntos clave del tratado que cerraron. Ese tratado es la única cosa que me impide que le abra la garganta aquí y ahora.

—No los hemos olvidado —dijo Edward justo en el mismo momento que yo preguntaba:

—¿Qué puntos clave?

Jacob seguía fulminando con la mirada a Edward, pero me contestó.

—El tratado es bastante específico. La tregua se acaba si cualquiera de vosotros muerde a un humano. Morder, no matar —remarcó. Finalmente, me miró. Sus ojos eran fríos.

Sólo me llevó un segundo comprender la distinción, y entonces mi rostro se volvió tan frío como el suyo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Maldita sea si no... —fue todo lo que consiguió mascullar.

No esperaba que mis palabras precipitadas provocaran una respuesta tan fuerte. A pesar del aviso que venía a transmitir, él seguro que no lo sabía. Debió de pensar que la advertencia era una mera precaución. No se había dado cuenta, o quizá no había querido creer, que yo ya había adoptado una decisión, que realmente intentaba convertirme en un miembro de la familia Cullen.

Mi respuesta empujó a Jacob a casi revolverse entre convulsiones. Presionó los puños contra sus sienes, cerró los ojos con fuerza y se dobló sobre sí mismo en un intento de controlar los espasmos. Su rostro adquirió un tono verde amarillento debajo de la tez cobriza.

—¿Jake? ¿Estás bien? —pregunté llena de ansiedad.

Di medio paso en su dirección, pero Edward me retuvo y me obligó a situarme detrás de su propio cuerpo.

—¡Ten cuidado! ¡Ha perdido el control! —me avisó.

Pero Jacob casi había conseguido recobrarse otra vez; sólo sus brazos continuaban temblando. Miró a Edward con una cara llena de odio puro.

—¡Arg! Yo nunca le haría daño a ella.

Ni Edward ni yo nos perdimos la inflexión ni la acusación que contenían sus palabras. Un siseo bajo se escapó de entre los labios de Edward y Jacob cerró sus puños en respuesta.

—¡BELLA! —el rugido de Charlie venía de la dirección de la casa—. ¡ENTRA AHORA MISMO!

Todos nos quedamos helados y a la escucha en el silencio que siguió.

Yo fui la primera en hablar; mi voz temblaba.

—Mierda.

La expresión furiosa de Jacob flaqueó.

—Siento mucho esto —murmuró—. Tenía que hacer lo que pudiera... Tenía que intentarlo.

—Gracias —el temblor de mi voz arruinó el efecto del sarcasmo. Miré hacia el camino, casi esperando ver aparecer a Charlie embistiendo contra los helechos mojados como un toro enfurecido. En ese escenario, seguramente yo sería la bandera roja.

—Sólo una cosa más —me dijo Edward, y después miró a Jacob—. No hemos encontrado rastro alguno de Victoria a nuestro lado de la línea, ¿y vosotros?

Supo la respuesta tan pronto como Jacob la pensó, pero éste contestó de todos modos.

—La última vez fue cuando Bella estuvo... fuera. Le dejamos creer que había conseguido infiltrarse para estrechar el cerco, y estábamos preparados para emboscarla...

Un escalofrío helado me recorrió la columna.

—Pero entonces salió disparada, como un murciélago escapando del infierno. Por lo que nosotros creemos, captó tu olor y eso la sacó del apuro. No ha aparecido por nuestras tierras desde entonces.

Edward asintió.

—Cuando ella regrese, no es ya problema vuestro. Nosotros...

—Mató en nuestro territorio —masculló Jacob—. ¡Es nuestra!

—No... —empecé a protestar dirigiéndome a los dos.

—¡BELLA! ¡VEO EL COCHE DE EDWARD Y SÉ QUE ESTÁS AHÍ FUERA! ¡SI NO ENTRAS EN CASA EN UN MINUTO...! —Charlie ni siquiera se molestó en completar su amenaza.

—Vámonos —me instó Edward.

Miré atrás hacia Jacob, con el corazón dividido. ¿Volvería a verle otra vez?

—Lo siento —susurró él tan bajo que tuve que leerle los labios para entenderlo—. Adiós, Bella.

—Lo prometiste —le recordé con desesperación—. Prometiste que siempre seríamos amigos, ¿de acuerdo?

Jacob sacudió la cabeza lentamente, y el nudo de mi garganta casi me estranguló.

—Ya sabes que intenté mantener esa promesa, pero... no veo cómo va a ser posible. No ahora... —luchó para no mover su dura máscara de lugar, pero ésta vaciló y después desapareció—. Te echaré de menos —articuló con los labios. Una de sus manos se alzó hacia mí con los dedos extendidos, como si deseara que fueran lo suficientemente largos para cruzar la distancia entre los dos.

—Yo también —contesté ahogada por la emoción. Mi mano también se alzó hacia la suya a través del amplio espacio.

Como si estuviéramos conectados, el eco de su dolor se retorció dentro de mí. Su dolor, mi dolor.

—Jake...

Di un paso hacia él. Quería pasar mis brazos por su cintura y borrar esa expresión de sufrimiento de su rostro. Edward me empujó hacia atrás de nuevo, sujetándome más que defendiéndome con los brazos.

—Todo va bien —le prometí, y alcé la vista para leer su rostro con la verdad en mis ojos. Supuse que él lo entendería.

Pero sus ojos eran inescrutables y su rostro inexpresivo. Frío.

—No, no va bien.

—Suéltala —rugió Jacob, furioso otra vez—. ¡Ella quiere que la sueltes!

Dio dos zancadas hacia delante. Un destello llameó en sus ojos en anticipación a la lucha. Su pecho pareció ondularse cuando se estremeció.

Edward volvió a empujarme detrás de él y se dio la vuelta para encarar a Jacob.

—¡No! ¡Edward...!

—¡ISABELLA SWAN!

—¡Vámonos! ¡Charlie está como loco! —mi voz estaba llena de pánico, pero ahora no por Charlie—. ¡Date prisa!

Tiré de él y se relajó un poco. Me empujó hacia atrás lentamente. Mientras nos retirábamos, no perdió de vista a Jacob...

... que nos miró con el oscuro ceño fruncido en su rostro amargo. La expectativa de la lucha desapareció de sus ojos y entonces, justo antes de que el bosque se interpusiera entre nosotros, su cara se contrajo llena de pena.

Supe que este último atisbo de su rostro me perseguiría hasta que volviera a verle sonreír.

Y justo allí me juré que volvería a contemplar su sonrisa, y pronto. Encontraría la manera de que continuara siendo mi amigo.

Edward mantuvo su brazo ceñido a mi cintura, conservándome cerca de él. Esto fue lo único que impidió que rompiera a llorar.

Tenía varios problemas realmente serios.

Mi mejor amigo me contaba entre sus peores enemigos.

Victoria seguía suelta, poniendo a toda la gente que amaba en peligro.

Los Vulturis me matarían si no me convertía pronto en vampiro.

Y ahora parecía que si lo hacía, los licántropos quileutes tratarían de hacer el trabajo por su cuenta, además de intentar matar a mi futura familia. No creo que tuvieran ninguna oportunidad en realidad, pero ¿terminaría mi mejor amigo muerto en el intento?

Eran problemas muy, muy serios. Así que ¿por qué me parecieron todos repentinamente insignificantes cuando salimos de detrás del último de los árboles y vi la expresión del rostro purpúreo de Charlie?

Edward me dio un apretón suave.

—Estoy aquí.

Respiré hondo.

Eso era cierto. Edward estaba allí, rodeándome con sus brazos.

Podría enfrentarme a cualquier cosa mientras eso no cambiara.

Cuadré los hombros y fui a enfrentarme con mi suerte, llevando al lado al hombre de mis sueños en carne y hueso.

25.-La votación

No estaba complacido, eso saltaba a la vista sólo con mirarle a la cara, pero me tomó en brazos sin discutir más y saltó ágilmente desde mi ventana para aterrizar en el más absoluto silencio, como un gato. Había más altura de la que pensaba.

—Entonces de acuerdo —dijo con una voz rabiosa que expresaba su desaprobación—. Sube.

Me ayudó a encaramarme a su espalda y echó a correr. Me pareció algo habitual incluso después de haber transcurrido tanto tiempo. Resultaba fácil. Evidentemente, era algo que nunca se olvidaba, como ir en bici.

Mientras él atravesaba el bosque corriendo, con la respiración lenta y acompasada, todo permaneció en calma y a oscuras, tanto que apenas veíamos los árboles cuando pasábamos como un bólido delante de ellos. Sólo el azote del viento en el rostro daba verdadera medida de la velocidad a la que íbamos. El aire era húmedo y no me quemaba los ojos como lo había hecho en la gran plaza, lo cual suponía un alivio. La negrura me parecía conocida y protectora, igual que el grueso edredón debajo del cual jugaba de niña.

Me acordé de cómo solían asustarme aquellas carreras por el bosque, y también de que cerraba los ojos. Ahora se me antojaba una reacción estúpida. Mantuve los ojos abiertos y apoyé el mentón en su hombro, rozando su cuello con la mejilla.

La velocidad resultaba tonificante. Cien veces mejor que la moto.

Volví mi cara hacia él y apreté los labios sobre la piel —fría como la piedra— de su cuello.

—Gracias —dijo mientras dejábamos atrás las vagas siluetas oscuras de los árboles—. ¿Significa eso que has decidido que estás despierta?

Me reí. Mi risa sonaba fácil, natural, fluida. Sonaba bien.

—En realidad, no. Más bien, todo lo contrario. Voy a intentar no despertar, al menos, no esta noche.

—No sé cómo, pero volveré a ganarme tu confianza —murmuró, en su mayor parte para él—. Aunque sea lo último que haga.

—Confío en ti —le aseguré—, pero no en mí.

—Explica eso, por favor.

Ralentizó el ritmo hasta limitarse a andar —sólo me di cuenta porque cesó el viento— y supuse que no debíamos de estar lejos de la casa. De hecho, me pareció distinguir en medio de la oscuridad el sonido del río mientras fluía en algún lugar cercano.

—Bueno... —me devané los sesos para encontrar la forma adecuada de expresarlo—. No confío en que yo, por mí misma, reúna méritos suficientes para merecerte. No hay nada en mí capaz de retenerte.

Se detuvo y se estiró para bajarme de la espalda. Sus manos suaves no me soltaron después de dejarme en el suelo y me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho.

—Me retendrás de forma permanente e inquebrantable —susurró—. Nunca lo dudes.

Ya, pero ¿cómo no iba a tener dudas?

—Al final no me lo has dicho... —musitó él.

—¿El qué?

—Cuál era tu gran problema.

—Te dejaré que lo adivines —suspiré mientras alzaba la mano para tocarle la punta de la nariz con el dedo índice.

Asintió con la cabeza.

—Soy peor que los Vulturis —dijo en tono grave—. Supongo que me lo merezco.

Puse los ojos en blanco.

—Lo peor que los Vulturis pueden hacer es matarme —esperó, tenso—. Tú puedes dejarme —le expliqué—. Los Vulturis o Victoria no pueden hacer nada en comparación con eso.

Incluso en la penumbra, atisbé la angustiada crispación de su rostro. Me recordó la expresión que adoptó cuando Jane le torturó. Me sentí mal y lamenté haberle dicho la verdad.

—No —susurré al tiempo que le acariciaba la cara—, no estés triste.

Curvó las comisuras de los labios en una sonrisa tan carente de alegría que no llegó a sus ojos.

—Sólo hay una forma de hacerte ver que no puedo dejarte —susurró—. Supongo que no hay otro modo de convencerte que el tiempo.

La idea del tiempo me agradó.

—Vale —admití.

Su rostro seguía martirizado, así que intenté distraerle con tonterías sin importancia.

—Bueno, ahora que vas a quedarte, ¿puedo recuperar mis cosas? —le pregunté con el tono de voz más desenfadado del que fui capaz.

Mi intento funcionó en gran medida: se rió, pero el sufrimiento no desapareció de sus ojos.

—Tus cosas nunca desaparecieron —me dijo—. Sabía que obraba mal, dado que te había prometido paz sin recordatorio alguno. Era estúpido e infantil, pero quería dejar algo mío junto a ti. El CD, las fotografías, los billetes de avión... todo está debajo de las tablas del suelo.

¿De verdad?

Asintió. Parecía levemente reconfortado por mi evidente alegría ante este hecho tan trivial, aunque no bastó para borrar el dolor de su rostro por completo.

—Creo —dije lentamente—, no estoy segura, pero me pregunto... Quizá lo he sabido todo el tiempo.

—¿Qué es lo que sabías?

Sólo pretendía alejar el sufrimiento de sus ojos, pero las palabras sonaron más veraces de lo que esperaba cuando las pronuncié.

—Una parte de mí, tal vez fuera mi subconsciente, jamás dejó de creer que te seguía importando que yo viviera o muriera. Ese es el motivo por el que oía las voces.

Se hizo un silencio absoluto durante un momento.

—¿Voces? —repitió con voz apagada.

—Bueno, sólo una, la tuya. Es una larga historia —la desconfianza de sus facciones me hizo desear no haber sacado el tema a colación. ¿Pensaría él, como todos los demás, que estaba loca? ¿Tenían razón en ese punto? Pero al menos desapareció de su rostro la expresión de que algo iba a arder.

—Tengo tiempo de sobra —repuso de forma forzada, pero sin alterar la voz.

—Es bastante patético.

Esperó.

No estaba segura de cuál podía ser la mejor forma de explicárselo.

—¿Recuerdas lo que dijo Alice sobre los deportes de alto riesgo?

Pronunció las palabras sin inflexión ni énfasis de ningún tipo:

—Saltaste desde un acantilado por diversión.

—Esto... Cierto, y antes que eso, monté en moto...

—¿En moto? —inquirió. Conocía su voz lo bastante bien para detectar cuándo se cocía algo detrás de su calma aparente.

—Supongo que no le conté a Alice esa parte.

—No.

—Bueno, sobre eso... Mira, descubrí que te recordaba con mayor claridad cuando hacía algo estúpido o peligroso... —le confesé, sintiéndome completamente chiflada—. Recordaba cómo sonaba tu voz cuando te enfadabas. La escuchaba como si estuvieras a mi lado. En general, intentaba no pensar en ti, pero en momentos como aquéllos no me dolía mucho, era como si volvieras a protegerme, como si no quisieras que resultara herida.

»Y bueno, me preguntaba si la razón de que te oyera con tal nitidez no sería que, debajo de todo eso, siempre supe no habías dejado de quererme...

Tal y como había ocurrido antes, las palabras cobraron poder de convicción a medida que las pronunciaba. Eran sinceras. Una fibra en lo más sensible de mi ser supo que yo decía la verdad.

—Tú... arriesgabas la... vida... para oírme... —dijo con voz sofocada.

—Calla —le atajé—. Espera un segundo. Creo que estoy teniendo una epifanía en estos momentos...

Pensé en la noche de mi primer delirio, la que había pasado en Port Angeles. Había planteado dos opciones —locura o deseo de sentirme realizada— sin ver la tercera alternativa.

Pero ¿qué ocurriría si...?

¿Qué ocurriría si hubiera creído sinceramente que algo era cierto, aunque estuviera totalmente equivocada? ¿Qué sucedería si hubiera estado tan empecinadamente segura de que tenía razón que no me hubiera detenido a considerar la verdad? ¿Qué habría hecho la verdad? ¿Permanecer en silencio o intentar abrirse camino?

La tercera opción era que Edward me amaba. El vínculo establecido entre nosotros dos era de los que ni la ausencia ni la distancia ni el tiempo podían romper, y no importaba que él pudiera ser más especial, guapo, brillante o perfecto que yo, él estaba tan irremediablemente atado como yo, y si yo le iba a pertenecer siempre, eso significaba que él siempre iba a ser mío.

¿Era eso lo que había estado intentado decirme a mí misma?

—¡Vaya!

—¿Bella?

—Ya, vale. Lo entiendo.

—¿En qué consiste tu epifanía...? —me preguntó con voz tensa.

—Tú me amas —dije maravillada. La sensación de convicción y certeza me invadió de nuevo.

Aunque la ansiedad continuó presente en sus ojos, la sonrisa torcida que más me gustaba se extendió por su rostro.

—Con todo mi ser.

Mi corazón se hinchó de tal modo que estuvo a punto de romperme las costillas. Ocupó mi pecho por completo y me obstruyó la garganta dejándome sin habla.

Me quería de verdad igual que yo a él, para siempre. Era sólo el miedo a que yo perdiera mi alma y las demás cosas propias de una existencia humana, eso fue lo que le llevó a intentar con tanta desesperación que yo siguiera siendo una mortal. Comparado con el miedo a que no me quisiera, ese obstáculo —mi alma— casi parecía una menudencia.

Me tomó el rostro entre sus manos heladas y me besó hasta que sentí tal vértigo que el bosque empezó a dar vueltas. Entonces, inclinó su frente sobre la mía y supe que yo no era la única que respiraba más agitadamente de lo normal.

—¿Sabes? Se te da mejor que a mí —me dijo.

—¿El qué?

—Sobrevivir. Al menos, tú lo intentaste. Te levantabas por las mañanas, procurabas llevar una vida normal por el bien de Charlie, y seguiste tu camino. Yo era un completo inútil cuando no estaba rastreando. No podía estar cerca de mi familia ni de nadie más. Me avergüenza admitir que me acurrucaba y dejaba que el sufrimiento se apoderara de mí —esbozó una sonrisa turbada—. Fue mucho más patético que oír voces.

Me sentía profundamente aliviada de que pareciera comprenderlo, me reconfortaba que todo aquello tuviera sentido para él. En todo caso, no me miraba como si estuviera loca. Me miraba como... si me amara.

—Sólo una voz —le corregí.

Se echó a reír y me apretó con fuerza a su costado derecho antes de guiarme hacia delante.

—Por cierto, que en este asunto tan sólo te estoy siguiendo la corriente —hizo un amplio movimiento de mano que abarcaba la negrura de delante, donde se alzaba algo pálido e inmenso; entonces comprendí que se refería a la casa—. Lo que ellos digan no me importa lo más mínimo.

—Ahora, esto también les afecta a ellos.

Se encogió de hombros con indiferencia.

Me guió al interior de la casa a oscuras por la puerta del porche —que estaba abierta— y encendió las luces. La estancia estaba tal y como la recordaba: el piano, los sofás tapizados de blanco y la imponente escalera de color claro. No había polvo ni sábanas blancas.

Edward los llamó por sus nombres sin hablar más alto que en una conversación normal:

—¿Carlisle? ¿Esme? ¿Rosalie? ¿Emmett? ¿Jasper? ¿Alice?

Le oirían.

De pronto, Carlisle estaba junto a mí. Parecía que llevara allí un buen rato.

—Bienvenida otra vez, Bella —sonrió—. ¿Qué podemos hacer por ti en plena madrugada? A juzgar por la hora, supongo que no se trata de una simple visita de cortesía, ¿verdad?

Asentí.

—Me gustaría hablar con todos vosotros enseguida si os parece bien. Se trata de algo importante.

No pude evitar alzar los ojos para ver el rostro de Edward mientras hablaba. Su expresión era crítica, pero resignada. Al volver los ojos hacia Carlisle, vi que también él observaba a Edward.

—Por supuesto —dijo Carlisle—. ¿Por qué no hablamos en la otra habitación?

Carlisle abrió la marcha por el luminoso cuarto de estar y dobló la esquina hacia el comedor al tiempo que encendía las luces. Las paredes eran blancas y los techos altos, igual que el cuarto de estar. En el centro de la habitación, debajo de una araña que pendía a baja altura, había una gran mesa oval de madera lustrada con ocho sillas a su alrededor. Carlisle me ofreció una en la cabecera de la mesa.

Jamás había visto a los Cullen usar la mesa del comedor, era... puro atrezo. Nunca comían en casa.

Vi que no estaba sola en cuanto me di la vuelta para sentarme en la silla. Esme había seguido a Edward, y detrás de ella entró en fila india toda la familia.

Carlisle se sentó a mi derecha y Edward a la izquierda. Todos tomaron asiento en silencio. Alice, que ya estaba en el ajo, me sonreía. Emmett y Jasper parecían curiosos y Rosalie me dirigió una sonrisa disimulada para tantear el terreno. Le respondí con otra igualmente tímida. Me iba a llevar algún tiempo acostumbrarme.

Carlisle hizo un gesto con la cabeza en mi dirección y dijo:

—Tienes el uso de la palabra.

Tragué saliva. Sus intensas miradas me pusieron nerviosa. Edward me tomó de la mano por debajo de la mesa. Le miré de soslayo, pero él observaba a los demás con rostro repentinamente fiero.

—Bueno, espero que Alice os haya contado cuanto sucedió en Volterra —hice una pausa.

—Todo —me aseguró Alice.

Le dirigí una mirada elocuente.

—¿Y lo que está a punto de ocurrir?

—Eso también.

Asintió con la cabeza y yo suspiré aliviada.

—Perfecto; entonces, estamos todos al corriente.

Esperaron pacientemente mientras intentaba ordenar mis ideas.

—Bueno, tengo un problema —comencé—. Alice prometió a los Vulturis que me convertiría en uno de vosotros. Van a enviar a alguien a comprobarlo y estoy segura de que eso es malo, algo que debemos evitar.

»Ahora, esto os afecta a todos —contemplé sus hermosos rostros, dejando el más bello de todos para el final. Una mueca curvaba los labios de Edward—. No voy a imponerme por la fuerza si no me aceptáis, con independencia de que Alice esté o no dispuesta a convertirme.

Esme abrió la boca para intervenir, pero alcé un dedo para detenerla.

—Dejadme terminar, por favor. Todos vosotros sabéis lo que quiero y estoy segura de que también conocéis la opinión de Edward al respecto. Creo que la única forma justa de decidir esto es que todo el mundo vote. Si decidís no aceptarme, bueno, en tal caso, supongo que tendré que volver sola a Italia. No puedo permitir que vengan aquí.

Arrugué la frente al considerar dicha expectativa. Oí el ruido sordo de un gruñido en el pecho de Edward, pero le ignoré.

—Así pues, tened en cuenta que en modo alguno os voy a poner en peligro. Quiero que votéis sí o no sólo al asunto de convertirme en vampira.

Esbocé un atisbo de sonrisa al pronunciar la palabra e hice un gesto a Carlisle para que empezara, pero Edward me interrumpió.

—Un momento.

Le miré con los ojos entrecerrados. Alzó las cejas mientras me estrechaba la mano.

—Tengo algo que añadir antes de que votemos.

Suspiré.

—No creo que debamos ponernos demasiado nerviosos —prosiguió— por el peligro al que se refiere Bella.

Su expresión se animó más. Apoyó la mano libre sobre la mesa reluciente y se inclinó hacia delante.

—Veréis —explicó sin dejar de recorrer la mesa con la mirada mientras hablaba—, había más de una razón por la que no quería estrechar la mano de Aro al final del todo. Se les pasó una cosa por alto y no quería ponerles sobre la pista.

Esbozó una gran sonrisa.

—¿Y qué es? —le instó Alice. Estaba segura de que mi expresión era tan escéptica como la suya.

—Los Vulturis están demasiado seguros de sí mismos, y por un buen motivo. En realidad, no tienen ningún problema para encontrar a alguien cuando así lo deciden —bajó los ojos para mirarme—. ¿Os acordáis de Demetri?

Me estremecí. Él lo tomó como una afirmación.

—Encuentra a la gente, ése es su talento, la razón por la que le mantienen a su lado.

—Ahora bien, estuve hurgando en sus mentes para obtener la máxima información posible todo el tiempo que estuvimos con ellos. Buscaba algo, cualquier cosa que pudiera salvarnos. Así fue cómo me enteré de la forma en que funciona el don de Demetri. Es un rastreador, un rastreador mil veces más dotado que James. Su habilidad guarda una cierta relación con lo que Aro o yo hacemos. Capta el... gusto... No sé cómo describirlo. .. La clave, la esencia de la mente de una persona y entonces la sigue. Funciona incluso a enormes distancias.

—Pero después de los pequeños experimentos de Aro, bueno...

Edward se encogió de hombros.

—Crees que no va a ser capaz de localizarme —concluí con voz apagada.

—Estoy convencido. El confía ciegamente en ese don —Edward se mostraba muy pagado de sí mismo—. Si eso no funciona contigo, en lo que a ti respecta, se han quedado ciegos.

—¿Y qué resuelve eso?

—Casi todo, obviamente. Alice será capaz de revelarnos cuando planean hacernos una visita. Te esconderemos. Quedarán impotentes —dijo con fiero entusiasmo—. Será como buscar una aguja en un pajar.

Él y Emmett intercambiaron una mirada y una sonrisita de complicidad.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

—Te pueden encontrar a ti —le recordé.

Emmett se rió, extendió el brazo sobre la mesa y le tendió el puño a su hermano.

—Un plan estupendo, hermano —dijo con entusiasmo.

—No —masculló Rosalie.

—En absoluto —coincidí.

—Estupendo —comentó Jasper, elogioso.

—Idiotas —murmuró Alice.

Esme se limitó a mirar a Edward.

Me erguí en la silla para atraer la atención de todos. Aquélla era mi reunión.

—En tal caso, de acuerdo. Edward ha sometido una alternativa a vuestra consideración —dije con frialdad—. Votemos.

En este segundo intento empecé por Edward. Sería mejor descartar cuanto antes su opinión.

—¿Quieres que me una a tu familia?

—No de esa forma —me miró con ojos duros y negros como el pedernal—. Quiero que sigas siendo humana.

Asentí una vez con cara de no sentirme afectada por su actitud, y luego continué:

—¿Alice?

—Sí.

—Jasper?

—Sí —respondió con voz grave. Me sorprendió un poco. No estaba muy segura de cuál iba a ser el sentido de su voto, pero contuve mi reacción y proseguí—. ¿Rosalie?

Ella vaciló mientras se mordía la parte inferior de su labio carnoso.

—No —mantuve el rostro impertérrito y volví levemente la cabeza para seguir, pero ella alzó las manos con las palmas por delante—. Déjame explicarme —rogó—. Quiero decir que no tengo ninguna aversión hacia ti como posible hermana, es sólo que... Esta no es la clase de vida que hubiera elegido para mí misma. Me hubiera gustado que en ese momento alguien hubiera votado «no» por mí.

Asentí lentamente y me volví hacia Emmett.

—¡Rayos, sí! —esbozó una sonrisa ancha—. Ya encontraremos otra forma de provocar una lucha con ese Demetri.

No había borrado la mueca de mi cara cuando miré a Esme.

—Sí, por supuesto, Bella. Ya te considero parte de mi familia.

—Gracias, Esme —murmuré, y me volví hacia Carlisle.

De pronto, me puse nerviosa y me arrepentí de no haberle pedido que votara el primero. Estaba segura de que su voto era el de mayor valía, el que importaba más que cualquier posible mayoría.

Carlisle no me miraba a mí.

—Edward —dijo él.

—No —refunfuñó Edward con los dientes apretados y retrajo los labios hasta enseñar los dientes.

—Es la única vía que tiene sentido —insistió Carlisle—. Has elegido no vivir sin ella, y eso no me deja alternativa.

Edward me soltó la mano y se apartó de la mesa. Se marchó del comedor muy indignado sin decir palabra, refunfuñando para sí mismo.

—Supongo que ya conoces el sentido de mi voto —concluyó Carlisle con un suspiro.

Mi mirada aún seguía detrás de Edward.

—Gracias —murmuré.

Un estrépito ensordecedor resonó en la habitación contigua.

Me estremecí y añadí rápidamente.

—Es todo lo que necesitaba. Gracias por querer que me quede. Yo también siento lo mismo por todos vosotros.

Al final de la frase, la voz se me quebró a causa de la emoción. Esme estuvo a mi lado en un abrir y cerrar de ojos y me abrazó con sus fríos brazos.

—Me querida Bella —musitó.

Le devolví el abrazo. Con el rabillo del ojo me percaté de que Rosalie mantenía la vista clavada en la mesa al comprender que mis palabras admitían una doble interpretación.

—Bueno, Alice —dije cuando Esme me soltó—. ¿Dónde quieres que lo hagamos?

Ella me miró fijamente con los ojos dilatados de pánico.

—¡No! ¡No! ¡NO! —bramó Edward que entró como un ciclón en la estancia. Lo tenía en mi cara antes de hubiera tenido tiempo de pestañear, inclinado sobre mí, con el rostro distorsionado por la cólera—. ¿Estás loca? ¿Has perdido el juicio?

Retrocedí con las manos en los oídos.

—Eh... Bella, no me parece que yo esté lista para esto —terció Alice con una nota de ansiedad en la voz—. Necesito prepararme...

—Lo prometiste —le recordé ante la mirada de Edward.

—Lo sé, pero... Bella, de verdad, no sé cómo hacerlo sin matarte.

—Puedes hacerlo —le alenté—. Confío en ti.

Edward gruñó furioso.

Alice negó de inmediato con la cabeza. Parecía atemorizada.

—¿Carlisle?

Me volví para mirarle.

Edward me agarró el rostro con una mano y me obligó a mirarle mientras alargaba la otra mano, extendida hacia Carlisle para detenerle, pero éste hizo caso omiso del gesto y respondió a mi pregunta.

—Soy capaz de hacerlo —me hubiera gustado poder ver su expresión—. No corres peligro de que yo pierda el control.

—Suena bien.

Esperaba que Carlisle hubiera podido entenderme. Resultaba difícil hablar con claridad dada la fuerza con que Edward me sujetaba la mandíbula.

—Espera —me pidió entre dientes—. No tiene por qué ser ahora.

—No hay razón alguna para que no pueda ser ahora —repuse, aunque las palabras resultaron incomprensibles.

—Se me ocurren unas cuantas.

—Naturalmente que sí —contesté con acritud—. Ahora, aléjate de mí.

Me soltó la cara y se cruzó de brazos.

—Charlie va a venir a buscarte aquí dentro de tres horas. No me extrañaría que trajera a sus ayudantes.

—Vendrá con los tres.

Fruncí el ceño.

Ésa era siempre la parte más dura. Charlie, Renée y ahora también Jacob. La gente que iba a perder, las personas a quienes iba a hacer daño. Deseaba que hubiera alguna forma de ser yo la única que sufriera, pero sabía que era del todo imposible.

Por otra parte, les iba a causar más daño permaneciendo humana: al poner en peligro constante a Charlie a causa de nuestra proximidad, a Jacob, ya que iba a arrastrar a sus enemigos a la tierra que él se sentía llamado a proteger, y a Renée... Ni siquiera podía arriesgarme a visitar a mi propia madre por miedo a llevar conmigo mis mortíferos problemas.

Sin duda yo era un imán para el peligro. Lo tenía más que asumido.

Una vez aceptado esto, era consciente de mi necesidad de ser capaz de cuidarme por mí misma y proteger a quienes amaba, incluso aunque eso supusiera no estar con ellos. Debía ser fuerte.

—Sugiero que pospongamos esta conversación en aras de seguir pasando desapercibidos —dijo Edward, que seguía hablando con los dientes apretados, pero ahora se dirigía a Carlisle—. Al menos, hasta que Bella termine el instituto y se marche de casa de Charlie.

—Es una petición razonable, Bella —señaló Carlisle.

Pensé en la reacción de mi padre al despertarse por la mañana, después de lo que había sufrido con la pérdida de Harry, cuando también yo se las había hecho pasar canutas al desaparecer sin dar explicaciones. Encontraría mi cama vacía... Charlie se merecía algo mejor y sólo se trataba de retrasarlo un poco más, ya que la graduación no estaba lejana...

Fruncí los labios.

—Lo consideraré.

Edward se relajó y dejó de apretar los dientes.

—Lo mejor sería que te llevara a casa —dijo, ahora más sereno, pero se veía claro que tenía prisa por sacarme de allí—. Sólo por si Charlie se despierta pronto.

Miré a Carlisle.

—¿Después de la graduación?

—Tienes mi palabra.

Respiré hondo, sonreí y me volví hacia Edward.

—Vale, puedes llevarme a casa.

Edward me sacó de la casa antes de que Carlisle pudiera prometerme nada más. Me sacó de espaldas, por lo que no conseguí ver qué se había roto en el comedor.

El viaje de regreso fue silencioso. Me sentía triunfal y un poco pagada de mí misma. También estaba muerta de miedo, por supuesto, pero intenté no pensar en esa parte. No hacía ningún bien preocupándome por el dolor —físico o emocional—, así que no lo hice. No hasta que fuera totalmente necesario.

Edward no se detuvo al llegar a mi casa. Subió la pared a toda pastilla y entró por mi ventana en una fracción de segundo. Luego, retiró mis brazos de su cuello y me depositó en la cama.

Creí que me hacía una idea bastante aproximada de lo que pensaba, pero su expresión me sorprendió, ya que era calculadora en vez de iracunda. En silencio, paseó por mi habitación de un lado para otro como una fiera enjaulada mientras yo le miraba con creciente recelo.

—Sea lo que sea lo que estés maquinando, no va a funcionar —le dije.

—Calla. Estoy pensando.

—¡Bah! —me quejé mientras me dejaba caer sobre la cama y me ponía el edredón por encima de la cabeza.

No se oyó nada, pero de pronto estaba ahí. Retiró el edredón de un tirón para poderme ver. Se tendió a mi lado y extendió la mano para acariciarme el pelo desde la mejilla.

—Si no te importa, preferiría que no ocultaras la cara debajo de las mantas. He vivido sin ella tanto como podía soportar; y ahora, dime una cosa.

—¿Qué? —pregunté poco dispuesta a colaborar.

—Si te concedieran lo que más quisieras de este mundo, cualquier cosa, ¿qué pedirías?

Sentí el escepticismo en mis ojos.

—A ti.

Sacudió la cabeza con impaciencia.

—Algo que no tengas ya.

No estaba segura de adonde me quería conducir, por lo que le di muchas vueltas antes de responder. Ideé algo que fuera verdad y al mismo tiempo bastante improbable.

—Me gustaría que no tuviera que hacerlo Carlisle... Desearía que fueras tú quien me transformara.

Observé su reacción con cautela mientras esperaba otra nueva dosis de la ira demostrada en su casa. Me sorprendía que mantuviera impertérrito el ademán. Su expresión seguía siendo cavilosa y calculadora.

—¿Qué estarías dispuesta a dar a cambio de eso?

No pude dar crédito a mis oídos. Me quedé boquiabierta al ver su rostro sereno y solté la respuesta a bocajarro antes de pensármelo:

—Cualquier cosa.

Sonrió ligeramente y frunció los labios.

—¿Cinco años?

Mi rostro se crispó en una mueca que entremezclaba desilusión y miedo a un tiempo.

—Dijiste «cualquier cosa» —me recordó.

—Sí, pero vas a usar el tiempo para encontrar la forma de escabullirte. He de aprovechar la ocasión ahora que se presenta. Además, es demasiado peligroso ser sólo un ser humano, al menos para mí. Así que, cualquier cosa menos eso.

Puso cara de pocos amigos.

—¿Tres años?

—¡No!

—¿Es que no te merece la pena?

Pensé en lo mucho que había deseado aquello, pero decidí poner cara de póquer y no permitir que se diera cuenta de lo mucho que significaba para mí. Eso me daría más ventaja.

—¿Seis meses?

Puso los ojos en blanco.

—No es bastante.

—En ese caso, un año —dije—. Ése es mi límite.

—Concédeme dos al menos.

—Ni loca. Voy a cumplir diecinueve, pero no pienso acercarme ni una pizca a los veinte. Si tú vas a tener menos de veinte para siempre, entonces yo también.

Se lo pensó durante un minuto.

—De acuerdo. Olvídate de los límites de tiempo. Si quieres que sea yo quien lo haga, tendrás que aceptar otra condición.

—¿Condición? —pregunté con voz apagada—. ¿Qué condición?

Había cautela en su mirada y habló despacio.

—Casarte conmigo primero.

—... —le miré, a la espera—. Vale, ¿cuál es el chiste?

Él suspiró.

—Hieres mi ego, Bella. Te pido que te cases conmigo y tú piensas que es un chiste.

—Edward, por favor, sé serio.

—Hablo completamente en serio —no había el menor atisbo de broma en su rostro.

—Oh, vamos —dije con una nota de histeria en la voz—. Sólo tengo dieciocho años.

—Bueno, estoy a punto de cumplir los ciento diez. Va siendo hora de que siente la cabeza.

Miré hacia otro lado, en dirección a la oscura ventana, tratando de controlar el pánico antes de que fuera demasiado tarde.

—Verás, el matrimonio no figura precisamente en la lista de mis prioridades, ¿sabes? Fue algo así como el beso de la muerte para Renée y Charlie.

—Interesante elección de palabras.

—Sabes a qué me refiero.

Respiré hondo.

—Por favor, no me digas que tienes miedo al compromiso —espetó con incredulidad, y entendí qué quería decir.

—No es eso exactamente —repuse a la defensiva—. Temo... la opinión de Renée. Tiene convicciones muy profundas contra eso de casarse antes de los treinta.

—Preferiría que te convirtieras en una eterna maldita antes que en una mujer casada —se rió de forma sombría.

—Te crees muy gracioso.

—Bella, no hay comparación entre el nivel de compromiso de una unión marital y renunciar a tu alma a cambio de convertirte en vampiro para siempre —meneó la cabeza—. Si no tienes valor suficiente para casarte conmigo, entonces...

—Bueno —le interrumpí—. ¿Qué pasaría si lo hiciera? ¿Y si te dijera que me llevaras a Las Vegas ahora mismo? ¿Sería vampiro en tres días?

Sonrió y los dientes le relampaguearon en la oscuridad.

—Seguro —contestó poniéndome en evidencia—. Voy a por mi coche.

—¡Caray! —murmuré—. Te daré dieciocho meses.

—No hay trato —repuso con una sonrisa—. Me gusta esta condición.

—Perfecto. Tendré que conformarme con Carlisle después de la graduación.

—Si es eso lo que realmente quieres... —se encogió de hombros y su sonrisa se tornó realmente angelical.

—Eres imposible —refunfuñé—, un monstruo.

Se rió entre dientes.

—¿Es por eso por lo que no quieres casarte conmigo?

Volví a refunfuñar.

Se reclinó sobre mí. Sus ojos, negros como la noche, derritieron, quebraron e hicieron añicos mi concentración.

—Bella, ¿por favor... ?—susurró.

Durante un momento se me olvidó respirar. Sacudí la cabeza en cuanto me recobré en un intento de aclarar de golpe la mente obnubilada.

—¿Saldría esto mejor si me dieras tiempo para conseguir un anillo?

—¡No! ¡Nada de anillos! —dije casi a voz en grito.

—Vale, ya le has despertado —cuchicheó.

—¡Huy!

—Charlie se está levantando. Será mejor que me vaya —dijo Edward con resignación.

Mi corazón dejó de latir.

Evaluó mi expresión durante un segundo.

—Bueno, entonces, ¿sería muy infantil por mi parte que me escondiera en tu armario?

—No —musité con avidez—. Quédate, por favor.

Edward sonrió y desapareció.

Hervía de indignación mientras esperaba a que Charlie acudiera a mi habitación para controlarme. Edward sabía exactamente qué estaba haciendo y yo me inclinaba a creer que todo aquel presunto agravio formaba parte de un ardid. Por supuesto, aún me quedaba el cartucho de Carlisle, pero al saber que existía la posibilidad de que fuera él quien me transformara, lo deseé con verdadera desesperación. ¡Menudo tramposo!

Mi puerta se abrió con un chirrido.

—Buenos días, papá.

—Ah, hola, Bella —pareció avergonzado al verse sorprendido—. No sabía que estabas despierta.

—Sí. Estaba esperando a que te despertaras para ducharme —hice ademán de levantarme.

—Espera —me detuvo mientras encendía la luz. Parpadeé bajo la repentina luminosidad y procuré mantener la vista lejos del armario—. Hablemos primero un minuto.

No conseguí reprimir una mueca. Había olvidado pedirle a Alice que se inventara una buena excusa.

—Estás metida en un lío, ya lo sabes.

—Sí, lo sé.

—Estos tres últimos días he estado a punto de volverme loco. Vine del funeral de Harry y tú habías desaparecido. Jacob sólo pudo decirme que te habías ido pitando con Alice Cullen y que pensaba que tenías problemas. No me dejaste un número ni telefoneaste. No sabía dónde estabas ni cuándo ibas a volver, si es que ibas a volver. ¿Tienes alguna idea de cómo... ? —fue incapaz de terminar la frase. Respiró hondo de forma ostensible y prosiguió—: ¿Puedes darme algún motivo por el que no deba enviarte a Jacksonville este trimestre?

Entrecerré los ojos. Bueno, de modo que aquello iba a ir de amenazas, ¿no? A ese juego podían jugar dos. Me incorporé y me arropé con el edredón.

—Porque no quiero ir.

—Aguarda un momento, jovencita...

—Espera, papá, acepto completamente la responsabilidad de mis actos y tienes derecho a castigarme todo el tiempo que quieras. Haré las tareas del hogar, la colada y fregaré los platos hasta que pienses que he aprendido la lección; y supongo que estás en tu derecho de ponerme de patitas en la calle, pero eso no hará que vaya a Florida.

El rostro se le puso bermejo. Respiró profundamente varias veces, antes de responder:

—¿Te importaría explicar dónde has estado?

Ay, mierda.

—Hubo... una emergencia.

Enarcó las cejas a la espera de una brillante aclaración. Llené de aire los carrillos y lo expulsé ruidosamente.

—No sé qué decirte, papá. En realidad, todo fue un gran malentendido. Él dijo, ella dijo, y las cosas se salieron de madre.

Aguardó con expresión recelosa.

—Verás, Alice le dijo a Rosalie que yo practicaba salto de acantilado... —intenté desesperadamente hacerlo bien y me ceñí lo máximo posible a la verdad para que mi incapacidad para mentir de forma convincente no sonara a pretexto, pero antes de continuar, la expresión de Charlie me recordó que él no sabía nada de lo del acantilado.

¡Huy, huy, huy! Como si las cosas no estuvieran bastante caldeadas...

—Supongo que no te comenté nada de eso —proseguí con voz estrangulada—. No fue nada, sólo para pasar el rato, nadar con Jacob... En cualquier caso, Rosalie se lo dijo a Edward, que se alteró mucho. Ella pareció dar a entender de forma involuntaria que yo intentaba suicidarme o algo por el estilo. Como él no respondía al teléfono, Alice me llevó hasta... esto... Los Ángeles para explicárselo en persona.

Me encogí de hombros mientras albergaba el desesperado deseo de que mi «caída» no le hubiera distraído tanto que se hubiera perdido la brillante explicación que le había proporcionado.

Charlie se había quedado helado.

—¿Intentabas suicidarte, Bella?

—No, por supuesto que no. Sólo me estaba divirtiendo con Jake practicando salto de acantilado. Los chicos de La Push lo hacen continuamente. Lo que te dije, no fue nada.

El rostro de Charlie volvió a caldearse y pasó del helado pasmo a la calurosa furia.

—De todos modos, ¿qué importa Edward Cullen? —bramó—. Te ha dejado aquí tirada todo este tiempo sin decirte ni una palabra.

—Otro malentendido —le atajé.

Su rostro volvió a ponerse cárdeno.

—Pero, entonces, ¿va a volver?

—No estoy segura de lo que planean, pero creo que regresan todos.

Sacudió la cabeza mientras le palpitaba la vena de la frente.

—Quiero que te mantengas lejos de él, Bella. No confío en él. No te conviene. No quiero que vuelva a arruinarte la vida de ese modo.

—Perfecto —repuse de manera cortante.

Charlie se removió inquieto y retrocedió. Después de unos segundos, espiró de forma ostensible a causa de la sorpresa.

—Pensé que te ibas a poner difícil.

—Y así es —le miré a los ojos-—. Lo que pretendía decir es: «Perfecto. Me iré de casa».

Los ojos se le saltaron de las órbitas y se puso morado. Mi resolución flaqueó a medida que empezaba a preocuparme por su salud. No era más joven que Harry...

—Papá, no deseo irme de casa —le dije en tono más suave—. Te quiero y sé que estás preocupado, pero en esto vas a tener que confiar en mí. Y tomarte las cosas con más calma en lo que respecta a Edward, si quieres que me quede. ¿Quieres o no quieres que viva aquí?

—Eso no es justo, Bella. Sabes que quiero que te quedes.

—Entonces, pórtate bien con Edward, ya que él va a estar donde yo esté —dije con firmeza. La convicción que me proporcionaba mi epifanía seguía siendo fuerte.

—No bajo este techo —bramó.

Suspiré con fuerza.

—Mira, no voy a darte ningún ultimátum más esta noche, bueno, más bien esta mañana. Piénsatelo durante un par de días, ¿vale? Pero ten siempre presente que Edward y yo vamos en el mismo paquete, es un acuerdo global.

—Bella...

—Tú sólo piénsatelo —insistí—, y mientras lo haces, ¿te importaría darme un poquito de intimidad? De verdad, necesito una ducha.

El rostro de Charlie adquirió un extraño tono purpúreo. Se fue dando un portazo al salir y le oí bajar pisando furiosamente las escaleras.

Me sacudí de encima el edredón. Edward ya estaba allí, meciéndose en la silla, como si hubiera estado presente durante toda la conversación.

—Lamento esto —susurré.

—Como si no me mereciera algo peor... —musitó—. No la tomes con Charlie por mi causa, por favor.

—No te preocupes por eso —repuse con un hilo de voz mientras recogía mis cosas para el baño y un juego de ropa limpio—. Haré todo lo que sea necesario y nada más. ¿O intentas decirme que no tengo ningún lugar adonde acudir?

Abrí los ojos desmesuradamente a la vez que simulaba una gran inquietud.

—¿Te mudarías a una casa llena de vampiros?

—Probablemente, ése es el lugar más seguro de todos para alguien como yo —le dediqué una gran sonrisa—. Además, no hay necesidad de apurar el plazo de la graduación si Charlie me pone de patitas en la calle, ¿a que no?

Permaneció con la mandíbula fuertemente apretada y masculló:

—Menudas ganas tienes de condenarte eternamente...

—Sabes que en realidad no crees lo que dices.

—¿Ah, no? —bufó.

—No.

Me fulminó con la mirada y empezó a hablar, pero yo le interrumpí:

—Si de verdad hubieras creído que habías perdido el alma, entonces, cuando te encontré en Volterra, hubieras comprendido de inmediato lo que sucedía, en vez de pensar que habíamos muerto juntos. Pero no fue así... Dijiste: «Asombroso. Carlisle tenía razón» —le recordé triunfal—. Después de todo, sigues teniendo la esperanza.

Por una vez, Edward se quedó sin habla.

—De modo que los dos vamos a ser optimistas, ¿vale? —sugerí—. No es importante. No necesito el cielo si tú no puedes ir a él.

Se levantó lentamente, se acercó y me rodeó el rostro con las manos antes de mirarme fijamente a los ojos.

—Para siempre —prometió de forma un poco teatral.

—No te pido más —le dije.

Me puse de puntillas para poder apretar sus labios contra los míos.